Día Mundial Sin Tabaco

Cuando era niña, sobre los siete u ocho años, inicié una dura lucha activa contra el tabaquismo en casa, que duró varios años. Tenía el pasillo empapelado de carteles de prohibido fumar que yo misma iba confeccionando. A veces alguno acababa en la basura a manos de mis padres, y yo rápidamente lo reemplazaba. Puse carteles en todas las puertas, en el espejo del baño, en la terraza, en las paredes del salón... La verdad es que, en general, me permitían expresarme libremente con mis cartelitos. Cuando venía visita a casa todo el mundo hacía algún comentario sobre los carteles y nadie se atrevía a fumar. Me sentía orgullosa de esos logros. Pero mi padre seguía fumando.

Mi hermano decía que no serviría de nada, que nuestro padre fumaba desde hacía mucho tiempo y decía que el tabaco no era malo. Solo que se había puesto de moda decir que lo era.

Así que comencé un ataque más duro, con "multas económicas" de 25 pesetas/cigarrillo. Sin embargo, fue un fracaso total porque mi padre no me abonaba el importe. Entonces sentí que no era tomada en serio, de modo que pensé que requería de medidas más drásticas.

Petardos. Solían regalar a mi padre por Navidad cartones de paquetes de tabaco, que aprovechaba para mi propósito. Compraba en los puestecillos navideños pequeñas "bombetas", diminutas. Cogía el cartón de tabaco, lo abría con sumo cuidado para que no se notara, sacaba los paquetes de cigarrillos y despegaba el plástico protector por la parte de abajo. Despegaba el papel del paquete y sacaba algunos cigarrillos al azar, introducía en su interior el pequeño explosivo que empujaba más lejos o más cerca del comienzo del pitillo, con un palillo mondadientes, y de nuevo todo pegado exactamente igual.

La idea era que mi padre nunca supiera qué cigarrillo podría explotar ni en qué momento explotaría. Jamás introducía hasta el fondo el petardo, porque no quería dañar a mi padre, haciendo explotar el cigarrillo cerca de su boca. Lo que pretendía era que la intriga, el "miedo", le impidiera disfrutar de aquel veneno llamado tabaco, con la intención de que fuera repudiando ese vicio malsano, ayudándole a abandonarlo.

Y en más de una ocasión lo dejó. Pero volvía. Nunca supe si alguna vez influyeron mis protestas en su decisión de dejar el tabaco, pero cada vez que lo intentaba yo me alegraba y me sentía muy orgullosa de él. Y cuando volvía a caer me apenaba muchísimo que el tabaco hubiera ganado la batalla. Solía caer ante el ofrecimiento de un cigarrillo de alguno de sus hermanos. Finalmente, decidí abandonar mi lucha para no presionar a mi padre más con aquello, pues veía que era duro.

Años más tarde, los hermanos se apoyaron entre sí para dejar de fumar, cuando mi abuelo enfermó y en poco tiempo, el cáncer que empezaba en su garganta y se extendía por su cuerpo, se lo llevó. Pero luego algunos volvieron. Mi padre también. Y finalmente dejó el tabaco de forma definitiva cuando un médico le dijo que su vida corría peligro. Y es que somos así, nos creemos ajenos al riesgo hasta que el daño está hecho.

Demos ejemplo a nuestros peques, respetemos su espacio, no fumemos (delante de ellos/as al menos).

Feliz día.


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